La población silenciosa: inteligencia artificial en la vejez, entre el apoyo cotidiano y el riesgo de un nuevo abandono
La inteligencia artificial puede ayudar a las personas mayores con conversación, organización diaria y estímulos cognitivos, pero su aporte, según el especialista salvadoreño Rodolfo Salazar y la psicóloga Adrianna Michelle Henríquez, solo resulta valioso si refuerza los vínculos humanos en un contexto marcado por el envejecimiento de la población y el avance de la soledad como problema de salud pública.
Ese debate adquiere peso por dos datos que atraviesan el fenómeno. La Organización Mundial de la Salud estima que la soledad afecta a una de cada seis personas en el mundo, y el Censo 2024 registró en El Salvador cerca de 894,000 personas de 60 años o más, alrededor del 15% de la población.
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Salazar planteó que un asistente de IA ya puede conversar, leer noticias o libros en voz alta, reproducir música de la época de la persona, proponer juegos de memoria, recordar actividades, ayudar a organizar el día y facilitar una llamada con hijos o nietos.
Para él, la cuestión no es si la tecnología puede acompañar, sino bajo qué criterio se incorpora al cuidado cotidiano.
Según Salazar, una inteligencia artificial puede simular una conversación empática, aunque no siente cariño, preocupación ni responsabilidad por quien la usa. Puede producir palabras que suenan humanas, dijo, pero no sustituye la presencia de un hijo, un cuidador, un amigo, un vecino o una comunidad.
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Desde su enfoque en QUDOX, sostuvo que la IA debe amplificar capacidades humanas y no reemplazarlas. En el caso de los adultos mayores, eso implica ampliar el cuidado, la autonomía y la conexión con otras personas.

Salazar puso un ejemplo concreto de ese diseño: un sistema útil no debería limitarse a conversar durante horas, sino preguntar si la persona quiere llamar a su hija, enviar un recuerdo a sus nietos o participar en una actividad de su comunidad.
Su criterio es que la tecnología funcione como puente y no como excusa para que la familia o la sociedad se desentiendan.
La advertencia se concentra en cuatro riesgos: El primero es la dependencia emocional, cuando una persona llega a creer que la máquina realmente la comprende o la ama; el segundo es la privacidad, por la posibilidad de revelar información médica, financiera, familiar y emocional; el tercero es la manipulación, si una plataforma aprovecha la soledad para vender productos, pedir dinero o influir en decisiones; y el cuarto es el abandono tecnológico, que Salazar definió como el peligro más grave.
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“El mejor compañero de IA es el que ayuda a la persona mayor a volver a conectarse con otras personas”, resumió.
También afirmó: “La inteligencia artificial puede llenar algunos silencios, pero no debe ocupar el lugar de una familia”.
Henríquez, psicóloga con más de 13 años de experiencia en recursos humanos y desarrollo organizacional, sostuvo que la percepción sobre la IA suele estar marcada por el desconocimiento.
“La inteligencia artificial no viene a suplantar, viene a facilitar. No es una amenaza para la parte humana; al contrario, puede ser un puente para potenciar y apoyar a las personas mayores”, afirmó.
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La especialista explicó que, en su experiencia profesional vinculada al área tecnológica, la IA reduce tiempo en tareas operativas y repetitivas. Ese margen, señaló, puede destinarse a la toma de decisiones, la comunicación y el fortalecimiento de vínculos personales y profesionales.
Para Henríquez, la vejez no debe entenderse como una enfermedad, sino como una etapa de desarrollo con cambios físicos, emocionales, cognitivos y sociales.
“El desafío no es envejecer, el desafío es seguir sintiéndose valioso, es seguir sintiendo que puedo decidir por mí, que pertenezco todavía a un grupo, a una familia, a que todavía tengo algo que aportar”, dijo.
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En esa línea, describió usos concretos de la IA para los adultos mayores: recordar medicamentos, avisar citas médicas, organizar la jornada, sugerir ejercicios, facilitar trámites en línea, estimular la cognición con juegos, ayudar a crear memorias, contar historias a familiares y fomentar mentorías entre generaciones.
La psicóloga relató un caso familiar para ilustrar ese papel complementario. Su madre vive en España y ella en El Salvador; antes de la mudanza, la abuela le contaba historias cada noche a su nieta, y luego empezó a usar IA para crear relatos personalizados que aún le narra a distancia, de modo que la herramienta no sustituyó el vínculo, sino que lo facilitó.
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Salazar señaló que la evidencia científica inicial ofrece resultados promisorios, ya que algunos estudios encontraron que los robots sociales y los asistentes conversacionales pueden reducir de forma temporal la sensación de soledad. Aun así, agregó que todavía no existe base suficiente para afirmar que sustituyen relaciones humanas o que generan beneficios permanentes.
Henríquez coincidió en la necesidad de acompañamiento. Advirtió que, igual que ocurre con los jóvenes, las personas mayores pueden aislarse si la interacción con la IA reemplaza el contacto humano y las rutinas sociales básicas.
Por eso defendió una supervisión constante de la familia, de profesionales o de jóvenes que ayuden en el aprendizaje y el uso de estas herramientas. “Mayor no significa que no puedan aprender, es cuestión de enseñarles y acompañar el proceso”, afirmó.
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La psicóloga insistió en que ninguna máquina podrá suplir el afecto, la calidez ni la interacción humana, y recomendó usar la IA solo como apoyo y orientación, nunca como sustituto de la atención profesional. “La IA solo es un apoyo, es una herramienta, pero nunca va a ser un profesional”, remarcó.
La coincidencia entre ambas miradas aparece en el punto central: la tecnología puede ofrecer conversación, entretenimiento, memoria, autonomía y acceso, pero solo cumple una función de cuidado cuando acerca a la persona mayor a su familia y a su comunidad. Cuando reemplaza esos lazos, pasa de ser apoyo a convertirse en una forma nueva de abandono.
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